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martes, 21 de mayo de 2019

SOBRE LA POSIBILIDAD DE UNA DICTADURA TECNOLÓGICA.

Una figura destaca sobre el horizonte de incertidumbres, malestares y miedos que acompaña el comienzo del siglo XXI. Se trata por ahora de una silueta por definir. Una imagen que todavía no refleja con exactitud sus contornos pero que proyecta una inquietud en el ambiente que nos previene frente a ella. Su aparición delata un movimiento de alzada vigorosa, que lo eleva sobre la superficie de los acontecimientos que nos acompañan a lo largo del tránsito del nuevo milenio.

Envuelta por un aliento de energía sin límites, su forma va adquiriendo volúmenes titánicos en los que se presiente la desnudez granítica de una nueva expresión de poder. Con sus gestos se anuncia el reinado político de un mundo desprovisto de ciudadanía, sin derechos ni libertad. Una época que asistirá a la extinción de la democracia liberal. Que instaurará una era mítica a la manera de las que imaginó Hesíodo, hecha de vigilancia y silicio, habitada por una raza de humanos sometidos al orden y a la seguridad. Un mundo de fibra óptica y tecnología 5G, dominado por una visión poshumana, que desbordará y marginará el concepto que hemos tenido del hombre desde la Grecia clásica hasta nuestros días.

El mundo evoluciona a lomos de la revolución digital hacia una nueva experiencia del hombre y del poder. Una evolución que parte de una resignificación del papel del ser humano debido a la introducción de un vector que lo transforma radicalmente. La causa está en la interiorización de la técnica como una parte sustancial de la idea de hombre. Esta circunstancia se desenvuelve dentro de un marco posmoderno que da por superadas las claves que definió la Ilustración filosófica del siglo XVII bajo el rótulo histórico de la Modernidad. Jean-François Lyotard explicó a finales de la década de los años setenta del siglo pasado que la condición posmoderna era el final de las grandes narrativas que habían interpretado el mundo dentro de un relato coherente de progreso y racionalidad. Para este autor la estructura intelectual de la Ilustración era insostenible debido, precisamente, a los avances técnicos y los cambios posindustriales que propiciaban las telecomunicaciones de la sociedad de la información. Estas circunstancias hacían que el humanismo, y la centralidad que atribuía este al hombre, hubiera sido desplazado como eje de interpretación del mundo por una visión científica que lo subordinaba a la técnica y a su voluntad de poder.

La revolución digital en la que estamos inmersos en la actualidad hace cada día más palpable la condición posmoderna. Y, sobre todo, contribuye a una reconfiguración del poder que está gestando una experiencia del mismo a partir de una voz de mando que es capaz de gestionar tecnológicamente la complejidad de un mundo pixelado por un aluvión infinito de datos. Hoy, los datos que genera Internet y los algoritmos matemáticos que los discriminan y organizan para nuestro consumo son un binomio de control y dominio que la técnica impone a la humanidad. Hasta el punto de que los hombres van adquiriendo la fisonomía de seres asistidos digitalmente debido, entre otras cosas, a su incapacidad para decidir por sí mismos.

La digitalización masiva de la experiencia humana comienza a revestir el aspecto de una catástrofe progresiva

Esta circunstancia hace que la humanidad viva atrapada dentro de un proceso de mutación identitaria. Un cambio que promueve una nueva utopía que transforma su naturaleza al desapoderar a los hombres de sus cuerpos y sus limitaciones físicas para convertirles en poshumanos programables algorítmicamente, esto es, seres trascendentalmente tecnológicos y potencialmente inmortales al suprimir sus anclajes orgánicos. Un cambio que adopta un proceso previo de socialización que hace de los hombres una especie de enjambre masivo sin capacidad crítica y entregado al consumo de aplicaciones tecnológicas dentro de un flujo asfixiante de información que crece exponencialmente.
La experiencia de la posmodernidad va descubriendo de este modo no solo la naturaleza fallida de la Ilustración que describió tempranamente Lyotard, sino el fracaso de los relatos que la fundaban en toda su extensión. Destacando de entre todos ellos el político, pues, como veremos, la institucionalidad de los Gobiernos democráticos y la legitimidad de las sociedades abiertas de todo Occidente se encuentran en una profunda crisis de identidad. Se ven cuestionadas en sus fundamentos por la sustitución de la ciudadanía como presupuesto de la política democrática por multitudes digitales que allanan el camino hacia lo que Paul Virilio describió como “la política de lo peor”.

Todos estos factores son los que están contribuyendo a que emerja esa figura titánica que describíamos más arriba y que adopta el rostro de una dictadura tecnológica. Una especie de concentración soberana del poder material que descansa en la gestión de la revolución digital. Gestión que ofrece orden dentro del caos y seguridad en medio de la época de catástrofes que acompaña la mutación que estamos viviendo a velocidad de vértigo. El protagonista político del siglo XXI ya está con nosotros. Todavía no ejerce su autoridad de manera plena pero va haciéndose poco a poco irresistible. Acumula poder y crece en fuerza. Se insinúa bajo modelos distintos —China y Estados Unidos son los paradigmas—, que convergen alrededor de los vectores que impulsan su desarrollo: la inteligencia artificial (IA), los algoritmos, la robótica y los datos.

Avanzamos hacia una concentración del poder inédita en la historia. Una acumulación de energía decisoria que no necesita la violencia y la fuerza para imponerse, ni tampoco un relato de legitimidad para justificar su uso. Estamos ante un monopolio indiscutible de poder basado en una estructura de sistemas algorítmicos que instaura una administración matematizada del mundo. Hablamos de un fenómeno potencialmente totalitario que es la consecuencia del colapso de nuestra civilización democrática y liberal, así como del desbordamiento de nuestra subjetividad corpórea. Se basa esencialmente en una mutación antropológica que está alterando la identidad cognitiva y existencial de los seres humanos. La digitalización masiva de la experiencia humana, tanto a escala individual como colectiva, comienza a revestir el aspecto de una catástrofe “progresiva, evolutiva, que alcanza la Tierra entera”. (…)


El siglo XXI continúa su andadura bajo el presentimiento de que es inevitable la aparición de un Ciberleviatán. Sobre sus espaldas se entrevé cómo se ordenará la complejidad planetaria que sacude nuestras vidas y que libera oleadas de malestar e incertidumbres que amenazan las estructuras clásicas de un statu quo que se volatiliza por todas partes. Lo más probable es que el Ciberleviatán se instaure por aclamación, a la manera de la dictadura pensada por Carl Schmitt. Mediando un pacto fundacional sin debate ni conflicto, como el producto de una necesidad inevitable y querida si se quiere preservar la vida bajo la membrana de una civilización tecnológica de la que ya nadie puede desprenderse para vivir.

Autoría: José María Lassalle es ensayista y fue secretario de Estado de Cultura y Agenda Digital. Este texto es un extracto de su libro ‘Ciberleviatán, el colapso de la democracia liberal frente a la revolución digital’,


domingo, 26 de marzo de 2017

A PROPÓSITO DE LA JUSTICIA SOCIAL

A propósito de la justicia social: sobre el liberalismo individualista y sus trampas. Sobre la necesidad de una auténtica igualdad de oportunidades que genere equidad.

jueves, 29 de diciembre de 2016

SOBRE EL NEOLIBERALISMO EN LA ACTUALIDAD. (NOTAS A PROPÓSITO DE LA LOMCE)

EL NEOLIBERALISMO: LA IDEOLOGÍA EN EL ORIGEN DE TODOS LOS PROBLEMAS (George Mombiot)

Imagina que las personas que vivieron en la Unión Soviética nunca hubieran oído hablar del comunismo. Para la mayoría de nosotros, la ideología que domina nuestras vidas no tiene un nombre asociado a ella. Intenta mencionarlo en una conversación y recibirás a cambio un encogimiento de hombros. Incluso si tus interlocutores han escuchado el término antes, les costará trabajo definirlo. Neoliberalismo: ¿sabes lo que es?
Su anonimato es al mismo tiempo un síntoma y la causa de su poder. Ha desempeñado un papel protagónico en una gran cantidad de crisis: el colapso financiero de 2007-2008, las triangulaciones offshore de capital y poder, de las que los Panama Papers nos muestran apenas la punta del iceberg, el lento colapso de los sistemas de salud y educación públicos, el resurgimiento de la pobreza infantil, la epidemia de soledad, el colapso de los ecosistemas, el ascenso de Donald Trump. Pero respondemos a estas crisis como si emergieran de la nada, como si no nos diéramos cuenta de que todas han sido catalizadas o exacerbadas por la misma filosofía sistemática; una filosofía que tiene —o tuvo— un nombre. ¿Qué demostración de poder más grande que poder operar sin nombre?
El neoliberalismo ha penetrado con tal fuerza que difícilmente lo reconocemos como una ideología. Parecemos estar de acuerdo con la proposición que describe esta fe milenaria y utópica como si fuera una fuerza neutral; una especie de ley natural, como la Teoría de Evolución de las Especies de Darwin. Pero esta doctrina se forjó a partir de un afán consciente por modificar la vida de los seres humanos y trastocar el foco neurálgico del poder.
El neoliberalismo entiende la competencia como el componente esencial de las relaciones humanas. Redefine a los ciudadanos como consumidores, cuyo mayor ejercicio democrático se produce al comprar o vender, un proceso que recompensa el mérito y castiga la ineficiencia. Sostiene que «el mercado» produce beneficios que jamás podrían obtenerse mediante la planeación pública.
Los intentos por limitar la competencia son vistos como inhibidores de la libertad. Los impuestos y las regulaciones deben ser minimizados, los servicios públicos deben ser privatizados. La organización del trabajo y los contratos colectivos negociados por los sindicatos son vistos como distorsiones del mercado que impiden la formación de una jerarquía natural de ganadores y perdedores. La desigualdad es reformulada como algo virtuoso: una recompensa a la utilidad y generadora de riqueza, que en algún momento gotea hacia abajo para enriquecer a todos. Los esfuerzos por crear una sociedad más igualitaria se entienden como contraproducentes y moralmente corrosivos. El mercado asegura que todo el mundo obtiene lo que merece.
Internalizamos y reproducimos sus credos. Los ricos se persuaden a sí mismos de que han adquirido su riqueza a través del mérito, soslayando las ventajas —como la educación, las herencias y la clase— que pueden haber contribuido a conseguirla. Los pobres comienzan a culparse a sí mismos por sus fracasos, aun cuando es poco lo que pueden hacer para cambiar sus circunstancias.
Olvidemos la existencia del desempleo estructural: si no tienes trabajo es porque no eres emprendedor. Olvidemos los costos estratosféricos de la vivienda: si tu tarjeta de crédito está hasta el tope, es porque eres irresponsable y poco solvente. No importa que tus hijos ya no tengan un espacio al aire libre donde jugar: si están gordos, es tu culpa. En un mundo regido por la competencia, aquellos que quedan rezagados son definidos y se definen a sí mismos como perdedores.
Entre las consecuencias de todo esto, como Paul Verhaeghe documenta en su libro What About Me? [¿Y yo qué?] se encuentran epidemias de laceraciones autoinflingidas, desórdenes alimenticios, depresión, soledad, ansiedad para funcionar cotidianamente y fobia social. No debe sorprendernos que Gran Bretaña, en donde la ideología neoliberal ha sido aplicada de forma más rigurosa, se haya convertido en la capital europea de la soledad. Ahora todos somos neoliberales.

* * *

El término neoliberalismo fue acuñado durante un congreso en París, en 1938. Entre los delegados asistentes, había dos hombres que definieron dicha ideología, Ludwig Von Mises y Friedrich Hayek. Exiliados de Austria, ambos veían la democracia social, ejemplificada a través del New Deal de Franklin Roosevelt, y el gradual desarrollo del Estado de bienestar británico, como manifestaciones de un colectivismo que ocupaba el mismo espectro que el nazismo y el comunismo.
Cubierta Camino SERV. espa
Camino de servidumbre de F. A. Hayek
En Camino de servidumbre, publicado en 1944, Hayek argumentaba que la administración gubernamental, al aplastar el individualismo, conduciría inexorablemente al control totalitario. Al igual que Burocracia de Von Mises, Camino de servidumbre fue ampliamente leído. Llegó a las manos de personas muy ricas, que encontraron en dicha filosofía una oportunidad de liberarse de las regulaciones y los impuestos. Cuando, en 1947, Hayek fundó la primera organización encargada de difundir la doctrina del neoliberalismo —la Mont Pelerin Society—, fue financiada por fundaciones de millonarios.
Con su ayuda, comenzó a crear lo que Daniel Stedman Jones describe en Masters of the Universe [Amos del universo] como «una especie de internacional neoliberal»: una red trasatlántica de académicos, empresarios, periodistas y activistas. Los acaudalados seguidores del movimiento financiaron una serie de think tanks que sofisticarían y promoverían la ideología. Entre ellos se encontraba el American Enterprise Institute, la Heritage Foundation, el Cato Institute, el Institute of Economic Affairs, el Centre for Policy Studies y el Adam Smith Institute. También patrocinaron plazas y departamentos académicos, particularmente en las universidades de Chicago y Virginia.
Conforme fue evolucionando, el neoliberalismo se volvió cada vez más estridente. La visión de Hayek de que los gobiernos debían regular la competencia para evitar la formación de monopolios cedió su lugar —entre apóstoles americanos como Milton Friedman— a la creencia de que el poder monopólico podía ser visto como una recompensa a la eficiencia.
Algo más sucedió durante esta transición: el movimiento se desprendió de su nombre. En 1951, Friedman felizmente se describía como un neoliberal. Pero poco después, el término comenzó a desaparecer. Más extrañamente aún, incluso cuando la ideología se volvió más sofisticada y el movimiento más coherente, el nombre perdido no fue reemplazado con ninguna otra denominación común.
Al principio, a pesar de su financiamiento prodigioso, el neoliberalismo permaneció en los márgenes. El consenso de la posguerra fue casi universal: las fórmulas económicas de John Maynard Keynes fueron aplicadas ampliamente, el pleno empleo y la asistencia para salir de la pobreza fueron metas comunes en los Estados Unidos y buena parte de la Europa occidental, las mayores tasas impositivas eran altas y el gobierno perseguía metas sociales sin empacho alguno, mediante el desarrollo de nuevos servicios públicos y redes de asistencia.
Pero en los años setenta, cuando las políticas keynesianas comenzaron a desmoronarse y las crisis económicas golpearon ambos lados del Atlántico, las ideas neoliberales comenzaron a formar parte del pensamiento dominante, al tiempo que Friedman señalaba que «cuando llegó el momento de cambiar… había una alternativa lista para ser usada». Con la ayuda de periodistas simpatizantes y asesores políticos, elementos del neoliberalismo, especialmente ciertas fórmulas de política monetaria, fueron adoptadas por los gobiernos de Jimmy Carter, en los Estados Unidos, y de Jim Callaghan, en Gran Bretaña.
Posteriormente, Margaret Thatcher y Ronald Reagan llegaron al poder y el resto de medidas no tardó mucho en llegar: exenciones fiscales masivas para los ricos, la demolición de los sindicatos, desregulaciones, privatizaciones, outsourcing y empresas privadas compitiendo por servicios públicos. A través del FMI, el Banco Mundial, el tratado de Maastricht y la Organización Mundial del Comercio, las políticas neoliberales fueron impuestas —a menudo sin ningún tipo de consenso democrático— en buena parte del mundo. Más notable aun fue la adopción de dicha doctrina por partidos que tradicionalmente habían pertenecido a la izquierda: los laboristas y los demócratas, por ejemplo. Como apunta Stedman Jones:
«Es difícil pensar en otra utopía que se haya convertido en realidad de manera tan contundente».

* * *

Puede parecer extraño que una doctrina que promete libertad y la posibilidad de elegir tuviera que ser promovida con el eslogan «no hay otra alternativa». Pero, como Hayek recalcó durante una visita al Chile de Pinochet —una de las primeras naciones en las que el programa fue aplicado de forma cabal— «personalmente prefiero una dictadura liberal que un gobierno democrático desprovisto de liberalismo». La libertad que el neoliberalismo ofrece, que suena tan encantadora cuando se expresa en términos generales, resulta ser libertad para los peces gordos, no para los pececillos.
Estar libre de los sindicatos y de las negociaciones colectivas, significa tener libertad para oprimir los salarios. Estar libre de regulaciones significa tener libertad para envenenar ríos, poner a trabajadores en riesgo, cobrar tasas de interés desorbitantes y diseñar instrumentos financieros exóticos. Estar libre de pagar impuestos significa no estar sujeto a la distribución de la riqueza que permite que las personas salgan de la pobreza.
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La doctrina del shock de Naomi Klein
Como demostró Naomi Klein en La doctrina del shock, los teóricos del neoliberalismo propusieron emplear las crisis para imponer medidas impopulares mientras la gente estaba distraída: por ejemplo como en las postrimerías del golpe pinochetista, la guerra de Irak y el huracán Katrina, descrito por Friedman como «una oportunidad para transformar de manera radical el sistema educativo» en Nueva Orleans.
Ahí donde las políticas neoliberales no pueden ser impuestas de manera local, se imponen por la víía internacional, a través de tratados de libre comercio que incorporan el «arbitraje de diferencia inversor-Estado»: tribunales en el extranjero que pueden ser presionados por corporaciones para retirar protecciones sociales o ambientales. Cuando los parlamentos han votado restringir la venta de cigarrillos, proteger las fuentes de abastecimiento de agua ante las compañías mineras, congelar las tarifas energéticas o impedir que las grandes farmacéuticas desfalquen al Estado, las corporaciones han interpuesto demandas, que en varias ocasiones han prosperado. La democracia queda reducida a un mero teatro.
Otra paradoja del neoliberalismo es que la competencia universal recae en la cuantificación y comparación universales. El resultado es que los trabajadores, los que buscan trabajo y servicios públicos de diversos tipos, a menudo están sujetos a monitoreos y evaluaciones sofocantes y chapuceras, diseñadas para identificar a los ganadores y castigar a los perdedores. La doctrina que según Von Mises nos libraría de la pesadilla burocrática de la planeación centralizada ha, en vez de ello, creado otra variante.
El neoliberalismo no fue concebido como una estafa egoísta, pero pronto se convirtió en eso. El crecimiento económico ha sido notablemente más lento en la era neoliberal (desde 1980 en Inglaterra y los Estados Unidos) que en las décadas anteriores; aunque no es el caso de los muy ricos. La desigualdad en la distribución tanto de los ingresos como de la riqueza, después de 60 años de declive, aumentó rápidamente durante esta era, gracias a la pulverización de los sindicatos, exenciones fiscales, elevadas rentas, privatizaciones y desregulaciones.
La privatización o venta accionaria de servicios públicos tales como la energía, el agua, los trenes, la educación, las carreteras o las cárceles, le ha permitido a las corporaciones instalar casetas de cobro en bienes estratégicos y cobrar renta, ya sea a los ciudadanos o al gobierno, por usarlos. Renta es un término alternativo para el ingreso improductivo. Cuando pagas un precio inflado por un boleto de tren, sólo una parte de la tarifa compensa a los operadores por el dinero que gastaron en combustible, salarios, balances de cuentas y otros enseres. El resto refleja el hecho de que te tienen agarrado del cogote.
Quienes son dueños y manejan los servicios privados o semi privados en el Reino Unido, han acumulado ingentes fortunas al invertir cantidades pequeñas y cobrar precios elevados. En Rusia y la India, los oligarcas adquieren bienes estatales a través de deshaucios. En México, Carlos Slim obtuvo el control de casi todas las líneas telefónicas, así como de los servicios de telefonía móvil, y muy pronto se convirtió en el hombre más rico del mundo.
Why We Can’t Afford the Rich
Why We Can’t Afford the Rich de Andrew Sayer
La extensión de las finanzas a prácticamente todos los ámbitos, como lo señala Andrew Sayer en Why We Can’t Afford the Rich [Por qué los ricos no son costeables], ha tenido un impacto semejante. «Al igual que la renta», argumenta, «el interés, es… ingreso improductivo que se recibe sin ningún esfuerzo de por medio». Mientras los pobres se vuelven más pobres y los ricos más ricos, los ricos adquieren un creciente control sobre otro bien crucial: el dinero. Los pagos de intereses, en su mayor parte, son una transferencia de dinero de los pobres a los ricos. Mientras los precios de los bienes raíces y la retirada de los apoyos estatales saturan de deuda a las personas (pensemos en el cambio de becas al modelo de préstamos escolares), los bancos y sus ejecutivos se sirven con la cuchara grande.
Sayer argumenta que las últimas cuatro décadas se han caracterizado por la transferencia de riqueza no sólo de los pobres a los ricos, sino incluso dentro de las filas de los acaudalados: de aquellos que obtienen su dinero al producir nuevos bienes o servicios, hacia aquellos que hacen su dinero al controlar bienes existentes y obtienen fructuosas rentas o ganancias producto de los intereses o el capital. El ingreso productivo ha sido suplantado por el ingreso improductivo.
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Algo va mal de Tony Judt
Las políticas neoliberales reciben embestidas desde diversos flancos por las fallas del mercado. No sólo los bancos son demasiado grandes como para permitir que quiebren, sino que lo son también las corporaciones encargadas de proveer servicios públicos. Como Tony Judt apunta en Algo va mal, Hayek olvidó que es imposible permitir el colapso de los servicios nacionales de vital importancia, lo que significa que la libre competencia no puede seguir su curso. Las corporaciones reciben los beneficios, el Estado asume los riesgos.
Entre mayores sean los fracasos, más extrema se vuelve la ideología. Los gobiernos utilizan las crisis del neoliberalismo lo mismo como una excusa que como una oportunidad para realizar más recortes tributarios, privatizar lo que queda de los servicios públicos, hacer tajos en las redes de asistencia social, desregular corporaciones y reregular a los ciudadanos. El Estado que se autodesprecia ahora hinca los dientes en cada uno de los órganos del sector público.
Quizá el impacto más peligroso del neoliberalismo no radique en las crisis económicas que ha causado, sino en las crisis políticas. Mientras disminuye el ámbito de influencia del Estado, también se contrae nuestra capacidad para cambiar el rumbo de nuestras vidas a través del voto. En cambio, la teoría neoliberal se afirma: las personas pueden ejercer su capacidad de elegir gastando dinero. Pero hay algunos que tienen más para gastar que otros: en la gran democracia del consumo o de los accionistas, los votos no se distribuyen equitativamente. El resultado es una pérdida de poder por parte de los pobres y de la clase media. Mientras los partidos de la derecha y de lo que solía ser la izquierda adoptan políticas neoliberales semejantes, la pérdida de poder se convierte en dislocamiento. Una enorme cantidad de personas ha sido proscrita de la política.
Chris Hedges ha señalado que «los movimientos fascistas construyeron sus bases no a partir de los políticamente activos sino de los políticamente inactivos, los ‘perdedores’ que sienten, a menudo con razón, que no tienen voz o un papel que desempeñar en el establishment político». Cuando el debate político ya no nos dice nada, las personas responden, en cambio, a eslóganes, símbolos y sensaciones. A los seguidores de Trump, por ejemplo, los hechos y los argumentos les parecen irrelevantes.
Judt lo definió bien al decir que la espesa red de interacciones entre las personas y el Estado se ha reducido a poco más que obediencia y autoridad, que la única fuerza que nos mantiene cohesionados es la fuerza del Estado. El totalitarismo que temió Hayek tiene muchas más probabilidades de surgir cuando los gobiernos, habiendo perdido la autoridad moral inmanente a la procuración de servicios públicos, son reducidos a «persuadir, amenazar y en última instancia coaccionar a las personas a obedecerlos».

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Al igual que el comunismo, el neoliberalismo es un Dios fallido. Pero la doctrina zombi se mantiene en pie, y una de las razones que se lo permiten es su anonimato.
La doctrina invisible de la mano invisible es promovida por banqueros invisibles. Despacio, muy despacio, hemos empezado a enterarnos de los nombres de algunos de ellos. Encontramos que el Institute of Economic Affairs, que ha argumentado con vehemencia en los medios en contra de mayores regulaciones en la industria del tabaco, ha sido secretamente financiado por la British American Tobacco desde 1963. Descubrimos que Charles y David Koch, dos de los hombres más ricos del mundo, fundaron el instituto que originó el movimiento del Tea Party. Encontramos que Charles Koch, cuando montó uno de sus think tanks, recalcó que «para evitar críticas indeseables, la forma en la que la organización se organiza y dirige no debe ser difundida ampliamente».
Las palabras utilizadas por el neoliberalismo normalmente ocultan más de lo que muestran. «El mercado» suena como si fuera un sistema natural que actúa sobre todos nosotros, como la gravedad o la presión atmosférica. Pero está compuesto por relaciones de poder. Lo que «el mercado quiere» tiende a ser lo que las corporaciones y sus jefes desean. «Invertir», como dice Sayer, quiere decir dos cosas muy diferentes. Una es el financiamiento de actividades productivas socialmente útiles, la otra es la compra de activos existentes para extraerles una renta, intereses, dividendos y ganancias de capital. La utilización de la misma palabra para dos actividades muy distintas «camufla la fuente de la riqueza», lo que nos conduce a confundir la extracción de la riqueza con la generación de la riqueza.
Hace un siglo, los nouveau riche eran menospreciados por aquellos que habían heredado su dinero. Los emprendedores buscaron la aceptación social haciéndose pasar por rentistas ellos mismos. Hoy, la relación se ha invertido: los rentistas y herederos se disfrazan de emprendedores. Se jactan de haberse ganado su dinero improductivo.
Estas confusiones y anonimatos se entremezclan con la ausencia de nombres y lugares concretos del capitalismo moderno: el modelo de franquicia que se asegura de que los trabajadores no sepan para quién trabajan; las compañías registradas a través de una red de regímenes secretos offshore tan complejos que ni siquiera la policía puede descubrir quiénes son los beneficiarios; las estrategias fiscales que descoyuntan a los gobiernos; los productos financieros que nadie comprende.
El anonimato del neoliberalismo es celado ferozmente. Aquellos influenciados por Hayek, Von Mises y Friedman tienden a rechazar el término, mientras mantienen —con cierta razón— que hoy en día es utilizado sólo de forma peyorativa. Pero no ofrecen ningún substituto. Algunos se describen a sí mismos como liberales clásicos o como libertarios, pero estas descripciones son tanto engañosas como curiosamente autoindulgentes, al sugerir que no hay nada de nuevo en Camino de servidumbre, Burocracia o en el clásico de Friedman, Capitalismo y libertad.

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Con todo y todo, hay algo admirable en el proyecto neoliberal, cuando menos en sus fases incipientes. Era una filosofía distintiva e innovadora, promovida por una coherente red de pensadores y activistas con un claro plan de acción. Era paciente y persistente. Camino de servidumbre se transformó en camino hacia el poder.
El triunfo del neoliberalismo también refleja el fracaso de la izquierda. Cuando la economía del laissez faire condujo a la catástrofe en 1929, Keynes diseñó una teoría económica cabal para reemplazarla. Cuando la demanda efectiva keynesiana topó con pared en los setenta, había una alternativa lista. Pero cuando el neoliberalismo se colapsó en el 2008 lo que había era… nada. Esto es lo que le permite al zombi seguir caminando. La izquierda y el centro no han producido ningún marco conceptual económico nuevo en los últimos ochenta años.
Cada vez que se invoca a Lord Keynes es una aceptación de fracaso. Proponer soluciones keynesianas a las crisis del siglo XXI supone ignorar tres problemas obvios. Lo primero, que es difícil movilizar a las personas alrededor de ideas viejas; después, que las fallas expuestas en los setenta no se han ido; y por último, más importante aún, no tienen nada que decir acerca de nuestro predicamento más grave: la crisis ambiental. El keynesianismo trabaja estimulando la demanda de los consumidores para detonar el crecimiento económico. La demanda de consumo y el crecimiento económico son los motores de la destrucción ambiental.
Lo que la historia tanto del keynesianismo como del neoliberalismo muestran es que no es suficiente oponerse a un sistema roto. Se tiene que proponer una alternativa coherente. Para los laboristas, los demócratas y la izquierda más amplia, la tarea central tendría que ser desarrollar un programa económico equivalente al Apolo, un intento consciente de diseñar un nuevo sistema, diseñado a la medida de las demandas del siglo XXI.

(Autor: George Monbiot.  Traducción de Diego Rabasa.  Publicado en ReporteSextoPiso http://reportesp.mx/el-neoliberalismo-la-ideologia-en-el-origen-de-todos-nuestros-problemas-george-monbiot)

sábado, 12 de septiembre de 2015

DERECHOS HUMANOS A DEBATE: LEYES QUE INCUMPLE EUROPA EN LA PROTECCIÓN DE LOS DERECHOS DE LOS REFUGIADOS.

Directiva 2001 de protección temporal en caso de urgencia

Como recuerda Paco Solans, la Comisión Europea aprobó en 2001 una normativa que ya establecía normas mínimas para casos de éxodo masivo de personas, como el que se vive en la actualidad. En esta directiva, los Estados miembros se comprometían a "fomentar un esfuerzo equitativo para acoger a dichas personas y asumir las consecuencias de su acogida" para "garantizar una protección inmediata de las personas". En esta normativa, se contempla el reparto proporcional que ha establecido la Comisión Europea desde el pasado mes de abril, las denominadas 'cuotas'. Si se establece este reparto obligatorio, los países miembros que se nieguen a cumplir con las cuotas estarían incumpliendo la directiva.

Declaración Universal de Derechos Humanos

El artículo 14 de la Declaración Universal de Derechos Humanos establece que "en caso de persecución, toda persona tiene derecho a buscar asilo, y a disfrutar de él, en cualquier país". Este es uno de los tratados a los que están adscritos los países de la Unión Europea que se está vulnerando a día de hoy. España con sus devoluciones en caliente en Ceuta y Melilla, vulnera este derecho fundamental al no permitir que las personas que llega a territorio español puedan solicitar asilo.

Convenio Europeo de Derechos Humanos

Se trata de una de las cartas que se están incumpliendo en lo más básico. En este caso, el papel establece en el artículo tercero que "nadie será sometido a tortura ni a tratos inhumanos o degradantes". Hungría incumple este derecho fundamental ya que son numerosos los refugiados y testigos que han denunciado un trato vejatorio por parte de las actoridades del país.
Otra de las disposiciones que se recogen en el Convenio es la de que "quedan prohibidas las expulsiones colectivas de extranjeros". Una vez más, la devoluciones en caliente chocan con la normativa de derechos humanos a la que se ha adscrito.

Convención del estatuto del refugiado

Conocido también como la Convención de Ginebra, de 1951, por el lugar de su aprobación. Representa "la fundación de la protección internacional de los refugiados", apunta Acnur. Entre otras disposiciones, con el anuncio del gobierno húngaro de Viktor Orbán de aplicar sanciones penales de hasta cinco años a las personas que entren de manera irregular en su territorio, el país está vulnerando el artículo 35 de este Convenio. En él se dispone que "no se impondrán sanciones penales, por causa de su entrada o presencia ilegales, a los refugiados que, llegando directamente del territorio donde su vida o su libertad estuviera amenazada hayan entrado o se encuentren en el territorio de tales Estados sin autorización".

Leyes españolas: protegido por la Constitución

Cada país, regula la protección a los refugiados y al derecho al asilo en su marco jurídico interno. La Constitución Española establece el derecho de asilo como uno de los fundamentales. El artículo 13.4 de la Constitución española recoge que "los ciudadanos de otros países y los apátridas podrán gozar del derecho de asilo en España". Un derecho que también se recoge en la Ley de Extranjería, que establece que una persona podrá ser demandante de asilo aunque no disponga de visado para permanecer en España. 
Como se denuncia desde la Fundación de la Abogacía Española, el Real Decreto 1325/2003 también prevé procedimientos de emergencia y de evacuación desde el origen que incluye la concesión de visados humanitarios y salvoconductos, documentación y permisos de residencia y trabajo, ayudas sociales y reagrupación. Este decreto se ha burlado, como se denuncia desde la Fundación de la Abogacía española, al ignorarse "los llamamientos desde Turquía y Líbano" que desde hace meses se están produciendo. Turquía acoge a alrededor de 2 millones de refugiados sirios y Líbano, a más de un millón. Como denuncian los propios refigiados,  se han visto obligados a arriesgar sus vidas por tierra y mar al no habérseles concedido el asilo desde su país de origen.
(Fuente: http://www.eldiario.es/desalambre/leyes-incumple-Europa_0_429758068.html )

viernes, 31 de octubre de 2014

14 DATOS SOBRE LA DESIGUALDAD MUNDIAL (2014)

 - En el último año, las 85 personas más ricas del mundo han logrado beneficios de casi medio millón de dólares por minuto. Es un incremento del 14%.

- Desde el inicio de la crisis hay el doble de milmillonarios en el mundo: de 793 a 1645 entre 2008 y 2014.

- Siete de cada diez personas viven en países en los que la diferencia entre ricos y pobres es mayor que hace 30 años.

- Si cualquiera de las tres personas más ricas del mundo gastase un millón de dólares al día, tardaría 200 años en acabar con su riqueza. Bill Gates tardaría 218 años y Amancio Ortega, 172 años.

- Si los milmillonarios del mundo aportasen tan sólo un 1,5% de su riqueza, se podría recaudar suficiente dinero para asegurar que todos los niños de los países más pobres vayan a la escuela y que haya asistencia sanitaria en los 49 países más pobres del mundo.

- En África subsahariana hay 16 milmillonarios conviviendo con 358 millones de personas que viven en extrema pobreza.

- Según el FMI, no se logrará erradicar la pobreza en los países africanos hasta el año 2075 si no se reduce la desigualdad de ingresos.

- En España, las 20 personas más ricas poseen tanto como el 30% más pobre (14 millones de personas).

- El 1% de los más ricos de España poseen tanto como el 70% de los españoles (menos de medio millón de personas frente a 32,5 millones de ciudadanos).

- Tres españoles acumulan una riqueza que es más del doble que la del 20% más pobre de los ciudadanos (más de 9 millones de personas).

- En el último año, las 20 personas más ricas de España incrementaron su fortuna en 15.450 millones de dólares (más de 1,7 millones por hora), acumulando una riqueza de 115.400 millones de dólares.

- De 2013 a 2014, sólo en Latinoamérica y el Caribe el número de personas que acumulan más de mil millones de dólares creció un 38%.

- Los ricos latinoamericanos acumulan cerca de dos billones de dólares en paraísos fiscales.

- El 7% más rico de la población del planeta (500 millones de personas) es responsable del 50% de las emisiones globales de CO2. Mientras, el 50% más pobre sólo emite el 7% de las emisiones mundiales.


(Publicado en www.ciutat.es,  Economía y turismo)

http://www.rtve.es/noticias/20141030/tres-mayores-fortunas-espana-duplican-riqueza-20-mas-pobre-poblacion/1038680

http://noticias.lainformacion.com/economia-negocios-y-finanzas/macroeconomia/los-20-mas-ricos-de-espana-acumulan-lo-mismo-que-el-30-mas-pobre-del-pais_QBVWp6Y88c6NfNI5VOtM43/