miércoles, 30 de septiembre de 2020

ALGUNAS PAUTAS PARA ESTUDIAR EN SITUACIÓN DE SEMIPRESENCIALIDAD

 ALGUNAS PAUTAS PARA ESTUDIAR EN SEMIPRESENCIALIDAD

  1. Ser consciente de que la semipresencialidad requiere un esfuerzo añadido tanto al alumnado como al docente. 
  2. Elegir el mejor lugar para estudiar y mantenerlo en el tiempo en un entorno propicio de 
    • Comodidad.
    • Silencioso.
    • Sin distracciones, poniendo en silencio los dispositivos móviles y cerrando todas las pestañas no relacionadas con las tareas.
  3. Organización:
    • Mantener el mismo horario de las clases.
    • Establecer un orden de las tareas a realizar, las que están en proceso y las ya realizadas.
    • Evitar perder plazos o acumular tareas sin realizar.
    • Profundizar en nuevos conceptos en los momentos libres que se pueda tener en el horario de clases.
    • Planificar los descansos aprovechando para moverse y hacer algo de ejercicio.
    • Saber desconectar también cuando es necesario a la finalización de la jornada. 
  4. Mantener la interacción con los docentes y los compañeros/as en cuanto a resolución de dudas, generando foros o grupos de trabajo que permitan también socializar. 

jueves, 23 de abril de 2020

UN TEMA DE NUESTRO TIEMPO: EL EFECTO DUNNING-KRUGER, O POR QUÉ LA GENTE OPINA DE TODO SIN TENER NI IDEA.

 El efecto Dunning-Kruger puede resumirse en una frase: cuanto menos sabemos, más creemos saber. Es un sesgo cognitivo según el cual, las personas con menos habilidades, capacidades y conocimientos tienden a sobrestimar esas mismas habilidades, capacidades y conocimientos. Como resultado, estas personas suelen convertirse en ultracrepidianos; gente que opina sobre todo lo que escucha sin tener idea, pero pensando que sabe mucho más que los demás.
El problema es que las víctimas del efecto Dunning-Kruger no se limitan a dar una opinión ni a sugerir sino que intentan imponer sus ideas, como si fueran verdades absolutas, haciendo pasar a los demás por incompetentes. Obviamente, lidiar con ellos no es fácil porque suelen tener un pensamiento muy rígido.

El delincuente que intentó volverse invisible con zumo de limón

A mediados de 1990 se produjo en la ciudad de Pittsburgh un hecho que podríamos catalogar, cuanto menos, de sorprendente. Un hombre de 44 años atracó dos bancos en pleno día, sin ningún tipo de máscara para cubrir su rostro y proteger su identidad. Obviamente, aquella aventura delictiva tuvo una vida muy corta ya que al hombre lo detuvieron rápidamente.
Cuando lo apresaron, McArthur Wheeler, que así se llamaba, confesó que se había aplicado zumo de limón en la cara ya que este le haría aparecer invisible ante las cámaras. “¡Pero si me puse zumo de limón!”, fue su respuesta cuando lo arrestaron.
Más tarde se conoció que la idea del zumo fue una sugerencia de dos amigos de Wheeler. Wheeler puso a prueba la idea aplicándose zumo en su cara y sacándose una fotografía, en la cual no apareció su rostro. Es probable que se debiera a un mal encuadre, pero aquella “prueba” fue definitiva para Wheeler.
La historia llegó a oídos del profesor de Psicología social de la Universidad de Cornell, David Dunning, quien no podía dar crédito a lo que había sucedido. Aquello le llevó a preguntarse: ¿Es posible que mi propia incompetencia me impida ver esa incompetencia?
Ni corto ni perezoso, se puso manos a la obra junto a su colega Justin Kruger. Lo que hallaron en la serie de experimentos los dejaron aún más sorprendidos.

El estudio que dio origen al efecto Dunning-Kruger

En una serie de cuatro experimentos, los psicólogos analizaron fundamentalmente la competencia de las personas en el ámbito de la gramática, el razonamiento lógico y el humor.
A los participantes les pidieron que estimaran su grado de competencia en cada uno de esos campos. A continuación realizaron una serie de tests que evaluaban su competencia real.
Entonces los investigadores notaron que cuanto mayor era la incompetencia de la persona, menos consciente era de ella. Paradójicamente, las personas más competentes y capaces solían infravalorar su competencia y conocimiento. Así surgió el efecto Dunning-Kruger.
Estos psicólogos concluyeron además que las personas incompetentes en cierta área del conocimiento:
  • Son incapaces de detectar y reconocer su incompetencia.
  • No suelen reconocer la competencia del resto de las personas.
La buena noticia es que este efecto se diluye a medida que la persona incrementa su nivel de competencia ya que también es más consciente de sus limitaciones.
Por qué cuanto menos sabemos más creemos saber
El problema de esta percepción irreal se debe a que para hacer algo bien, debemos tener al menos un mínimo de habilidades y competencias que nos permitan estimar con cierto grado de exactitud cómo será nuestro desempeño en la tarea.
Por ejemplo, una persona puede pensar que canta estupendamente porque no tiene ni idea de música y todas las habilidades necesarias para controlar adecuadamente el tono y timbre de la voz y llevar el ritmo. Eso hará que diga que “canta como los ángeles” cuando en realidad tiene una voz espantosa.
Lo mismo ocurre con la ortografía. Si no conocemos las reglas ortográficas, no podremos saber dónde nos equivocamos y, por ende, no seremos conscientes de nuestras limitaciones.
De hecho, el efecto Dunning-Kruger se puede aplicar a todas las áreas de la vida. Un estudio realizado en la Universidad de Wellington desveló que el 80% de los conductores se califican por encima de la media, lo cual, obviamente, es estadísticamente imposible.
Este sesgo cognitivo también se aprecia en el ámbito de la Psicología. Tal es el caso de las personas que afirman que “mi mejor psicólogo soy yo mismo”, simplemente porque desconocen por completo cómo les puede ayudar este profesional y la complejidad que encierran las técnicas psicológicas.
En la práctica creemos que sabemos todo lo que es necesario saber. Y eso nos convierte en personas sesgadas que se cierran al conocimiento y emiten opiniones como si fueran verdades absolutas.

Cómo minimizar el efecto Dunning-Kruger, por nuestro propio bien

Todos cometemos errores por falta de cálculo, conocimientos y previsión. La historia está repleta de errores épicos, como el de la emblemática Torre de Pisa, que comenzó a inclinarse incluso antes de que terminara la construcción, y hace relativamente poco el gobierno francés gastó miles de millones en una flota de trenes nuevos, para después descubrir que eran demasiado anchos para unos 1.300 andenes de estación.
En nuestro día a día también podemos cometer errores por falta de experiencia y por sobrestimar nuestras capacidades. Los errores no son negativos y no debemos huir de ellos sino que podemos convertirlos en herramientas de aprendizaje, pero tampoco es necesario tropezar continuamente con la misma piedra ya que llega un punto en que resulta frustrante.
De hecho, debemos mantenernos atentos a este sesgo cognitivo porque la incompetencia y la falta de autocrítica no solo hará que lleguemos a conclusiones equivocadas sino que también nos impulsará a tomar malas decisiones que terminen dañándonos.
Esto significa que, en algunos casos, la responsabilidad por los “fracasos o errores” que experimentamos a lo largo de la vida no recae en los demás ni es culpa de la mala suerte sino que depende de nuestra deficiente autoevaluación.
Para minimizar el efecto Dunning-Kruger y no convertirnos en esa persona que opina sobre todo sin tener idea de nada, lo más importante es aplicar estas sencillas reglas:
  • Sé consciente al menos de la existencia de este sesgo cognitivo.
  • Deja siempre un espacio para la duda, para formas diferentes de pensar y hacer las cosas.
  • Opina siempre desde el respeto a los demás, por muy seguro que estés de tu opinión, no intentes imponerla.
Debemos recordar que nadie es experto en todas las materias de conocimiento y ámbitos de la vida, todos tenemos carencias e ignoramos muchas cosas. Por tanto, lo mejor es enfrentar la vida desde la humildad y con la actitud del aprendiz.

Cómo lidiar con las personas que no reconocen su incompetencia o desconocimiento

Las personas que opinan tajantemente sobre todo sin tener ni idea y que subestiman a los demás suelen generar un gran malestar. Nuestra primera reacción será irritarnos o enfadarnos. Es perfectamente comprensible, pero no servirá de nada. En su lugar debemos aprender a mantener la calma. Recuerda que solo puede afectarte aquello a lo que le das poder, lo que consideras significativo. Y sin duda, la opinión de una persona que no es experta en la materia y ni siquiera sabe de lo que habla, no debería ser significativa.
Si no deseas que la conversación vaya más allá, simplemente dile: “He escuchado tu opinión. Gracias”, y zanja el asunto. Si realmente te interesa que esa persona salga de su estado de desconocimiento y sea más consciente de sus limitaciones, lo único que puedes hacer es ayudarle a desarrollar sus habilidades en esa área.
Evita frases como “no sabes de lo que hablas” o “no tienes ni idea” porque de esta forma solo lograrás que esa persona se sienta atacada y se cierre a tus propuestas. En su lugar, plantea una nueva perspectiva. Puedes decir: “ya te he escuchado, ahora imagina que las cosas no fueran exactamente así”. El objetivo es lograr que esa persona se abra a opiniones y formas de hacer diferentes.
También puedes recalcar la idea de que todos somos inexpertos o incluso profundos desconocedores en algunos campos, no es algo negativo sino una increíble oportunidad para seguir aprendiendo y crecer como personas.
Fuentes:
Kruger, J. & Dunning, D (1999) Unskilled and Unaware of It: How Difficulties in Recognizing One’s Own Incompetence Lead to Inflated Self-Assessments. Journal of Personality and Social Psychology; 77(6): 1121-1134.
McCormick, A. et. Al. (1986) Comparative perceptions of driver ability— A confirmation and expansión. Accident Analysis & Prevention; 18(3): 205-208.

domingo, 8 de marzo de 2020

ELOGIO DE LA MEMORÍSTICA Y LOS DEBERES EN LA ESCUELA

LOS DEBERES EN LA  ESCUELA ( Reportaje del programa INFORME SEMANAL de RTVE)
https://www.rtve.es/alacarta/videos/informe-semanal/informe-semanal-deberes-escuela/5520859/



ELOGIO DE LA MEMORÍSTICA  (Miguel Anxo-Murado)
No me sorprendió enterarme de que la nueva ley de educación que prepara el Gobierno propone acabar con el «aprendizaje memorístico». Hubiese quedado muy rara si no llevase ese punto, que es un clásico. Creo que todas las leyes de educación que recuerdo han prometido acabar con el hábito de aprender las cosas de memoria, aunque nadie se molesta nunca en explicar por qué. A veces, se hacen vagas referencias al absurdo de memorizar «la lista de los reyes godos», cuando hace ya más de sesenta años que nadie aprende la lista de los reyes godos. Otras veces se dice que es más importante entender las cosas que saberlas de memoria, como si ambas cosas fuesen incompatibles.
Pobre memoria. Yo le tengo cariño. Me hubiese gustado tener más, no menos. No nos enseñaban la lista de los reyes godos, pero con doña Elvira aprendíamos versos de Machado, de Lorca o de Rosalía que todavía me repito a mí mismo cuando me quedo a solas, lo mismo que el orden los ríos de España y del mundo que nos enseñaba don José Iglesias (Amur, Huang-Ho, Yang-Tse-Quiang…). Atesoro los latinajos (Timeo danaos et dona ferentes), las fechas de batallas que luego hacían más fácil recordar todo lo demás… De hecho, lo que aprendí de memoria es lo único que recuerdo de la EGB, que ya había nacido también con la promesa de eliminar el aprendizaje repetitivo. Más bien, lo que he olvidado por completo es lo que «aprendí jugando», como se decía entonces. No recuerdo nada de aquellos experimentos de enseñanza audiovisual con proyecciones —que eran los ordenadores de entonces, pero más barato—, ni de lo que nos enseñaban en aquellas famosas fichas que había que rellenar como un formulario, y que prometían enseñar sin esfuerzo —si algo he aprendido luego es que aprender sin esfuerzo es imposible, porque aprender y esforzarse son la misma cosa.
 A mí, la memorística me parece algo mágico. Igual que, al respirar, algo del oxígeno acaba formando parte de nosotros, las cosas que memorizamos pasan a ser parte de la materia misma de la que está hecho nuestro pensamiento. No tiene nada que ver con un dato que consultamos un momento y luego olvidamos. Lo que se aprende de memoria es un poso, una corteza sobre la que se crea otra nueva corteza, y luego otra, y al final es un árbol. Los niños, de manera natural, aman la memorística y la repetición, e instintivamente quieren memorizar las cosas que valoran: se aprenden canciones, acertijos, chistes, cuentos; disfrutan repitiendo retahílas de nombres de personajes de ficción. Es un poco desconcertante que los adultos hagan leyes destinadas específicamente a desanimarles. Sobre todo porque son las mismas personas que les dicen a los ancianos que es fundamental ejercitar su memoria, y que ensalzan como un deber cívico la Memoria con mayúsculas, en abstracto, cuando se refiere a una selección de hechos del pasado.
Quién sabe. Quizá sea esta, finalmente, la ley que acabe de una vez por todas con esa otra memoria, la que se escribe con minúsculas, la que nos hace recordar no las grandes cosas, sino las pequeñas: la canción, el poema, los verbos. De hecho, me pregunto cómo es posible que todavía quede algún reducto de aprendizaje memorístico, después de medio siglo de lucha a muerte contra él. Y entonces pienso si no será que la memoria, como tantas otras cosas que se intentan erradicar constantemente sin éxito, pudiera ser algo muy profundo en el ser humano; uno de los elementos que lo conforman, como el hidrógeno. Algo que, simplemente, no se puede suprimir, porque entonces dejaríamos de ser nosotros.


miércoles, 4 de diciembre de 2019

¿NACEMOS O NOS HACEMOS DEMÓCRATAS?

¿Nacemos o nos hacemos demócratas? Esta es la cuestión. Si admitimos que se trata de una cuestión puramente genética, carece de sentido educar en valores y procedimientos cívico-democráticos. Pero si, por el contrario, consideramos que no es así, sino que la democracia es una entre las posibles formas de organizar la convivencia humana –la menos mala, que dijera W. Churchill-, entonces habremos de concluir que es imposible lograr una madurez democrática sin recurrir a la educación, única vía complementaria a la genética con que contamos los seres humanos. Sorprende, por tanto, que se proponga eliminar la Educación para la Ciudadanía como alternativa a la Religión en el Bachillerato de Andalucía, cuando, de hecho, lo aconsejable sería que fuese obligatoria, porque cualquier ciudadano debe conocer los valores y procedimientos cívico-democráticos compartidos, independientemente de las creencias que pueda tener cada cual.

Si no nacemos demócratas, ni es posible la democracia sin demócratas, podemos preguntarnos: ¿Qué intereses puede haber detrás de que las jóvenes generaciones ignoren el sentido profundo de cuestiones tan básicas como, por ejemplo, que el primer artículo de nuestra Constitución define a España como “un Estado social y democrático de Derecho”? ¿Qué fin se pretende con que los escolares ignoren que entre las principales amenazas para la democracia encontramos la demagogia o uso interesado de la mentira; la información tendenciosa; la corrupción institucional; el anteponer el interés privado al público; una justicia de la que pudiera cuestionarse su imparcialidad; etcétera? ¿Qué propósitos puede haber detrás de la negación a las generaciones futuras a conocer sus derechos, (los Derechos Humanos), y sus obligaciones, así como sus fundamentos? ¿Qué objetivos puede haber detrás de no formar para que se conozcan las distintas opciones ideológicas, sus fundamentos y consecuencias? ¿Qué miedos ocultos puede haber para negarse a aceptar que solo una ciudadanía formada puede informarse con espíritu crítico y ejercitar su libertad con plenitud? ¿Qué intereses puede haber en promover una ciudadanía pasiva, apática, desencantada y desinteresada del ejercicio de sus derechos y deberes políticos? ¿Qué fin se pretende al forjar una ciudadanía que careciendo de ideas claras sobre los asuntos públicos limite su participación a un no sabe/no contesta? ¿Qué intereses puede haber para que estos u otros contenidos semejantes, relacionados con la necesaria convivencia democrática y los Derechos Humanos, dejen de estudiarse en las aulas?

(Se trata de un extracto de un artículo más antiguo del autor -el titular de este blog- que se publica en esta ocasión con motivo del proyecto de eliminación de la asignatura Educación para la Ciudadanía como alternativa a Religión en el Bachillerato de la comunidad autónoma de Andalucía)

martes, 21 de mayo de 2019

SOBRE LA POSIBILIDAD DE UNA DICTADURA TECNOLÓGICA.

Una figura destaca sobre el horizonte de incertidumbres, malestares y miedos que acompaña el comienzo del siglo XXI. Se trata por ahora de una silueta por definir. Una imagen que todavía no refleja con exactitud sus contornos pero que proyecta una inquietud en el ambiente que nos previene frente a ella. Su aparición delata un movimiento de alzada vigorosa, que lo eleva sobre la superficie de los acontecimientos que nos acompañan a lo largo del tránsito del nuevo milenio.

Envuelta por un aliento de energía sin límites, su forma va adquiriendo volúmenes titánicos en los que se presiente la desnudez granítica de una nueva expresión de poder. Con sus gestos se anuncia el reinado político de un mundo desprovisto de ciudadanía, sin derechos ni libertad. Una época que asistirá a la extinción de la democracia liberal. Que instaurará una era mítica a la manera de las que imaginó Hesíodo, hecha de vigilancia y silicio, habitada por una raza de humanos sometidos al orden y a la seguridad. Un mundo de fibra óptica y tecnología 5G, dominado por una visión poshumana, que desbordará y marginará el concepto que hemos tenido del hombre desde la Grecia clásica hasta nuestros días.

El mundo evoluciona a lomos de la revolución digital hacia una nueva experiencia del hombre y del poder. Una evolución que parte de una resignificación del papel del ser humano debido a la introducción de un vector que lo transforma radicalmente. La causa está en la interiorización de la técnica como una parte sustancial de la idea de hombre. Esta circunstancia se desenvuelve dentro de un marco posmoderno que da por superadas las claves que definió la Ilustración filosófica del siglo XVII bajo el rótulo histórico de la Modernidad. Jean-François Lyotard explicó a finales de la década de los años setenta del siglo pasado que la condición posmoderna era el final de las grandes narrativas que habían interpretado el mundo dentro de un relato coherente de progreso y racionalidad. Para este autor la estructura intelectual de la Ilustración era insostenible debido, precisamente, a los avances técnicos y los cambios posindustriales que propiciaban las telecomunicaciones de la sociedad de la información. Estas circunstancias hacían que el humanismo, y la centralidad que atribuía este al hombre, hubiera sido desplazado como eje de interpretación del mundo por una visión científica que lo subordinaba a la técnica y a su voluntad de poder.

La revolución digital en la que estamos inmersos en la actualidad hace cada día más palpable la condición posmoderna. Y, sobre todo, contribuye a una reconfiguración del poder que está gestando una experiencia del mismo a partir de una voz de mando que es capaz de gestionar tecnológicamente la complejidad de un mundo pixelado por un aluvión infinito de datos. Hoy, los datos que genera Internet y los algoritmos matemáticos que los discriminan y organizan para nuestro consumo son un binomio de control y dominio que la técnica impone a la humanidad. Hasta el punto de que los hombres van adquiriendo la fisonomía de seres asistidos digitalmente debido, entre otras cosas, a su incapacidad para decidir por sí mismos.

La digitalización masiva de la experiencia humana comienza a revestir el aspecto de una catástrofe progresiva

Esta circunstancia hace que la humanidad viva atrapada dentro de un proceso de mutación identitaria. Un cambio que promueve una nueva utopía que transforma su naturaleza al desapoderar a los hombres de sus cuerpos y sus limitaciones físicas para convertirles en poshumanos programables algorítmicamente, esto es, seres trascendentalmente tecnológicos y potencialmente inmortales al suprimir sus anclajes orgánicos. Un cambio que adopta un proceso previo de socialización que hace de los hombres una especie de enjambre masivo sin capacidad crítica y entregado al consumo de aplicaciones tecnológicas dentro de un flujo asfixiante de información que crece exponencialmente.
La experiencia de la posmodernidad va descubriendo de este modo no solo la naturaleza fallida de la Ilustración que describió tempranamente Lyotard, sino el fracaso de los relatos que la fundaban en toda su extensión. Destacando de entre todos ellos el político, pues, como veremos, la institucionalidad de los Gobiernos democráticos y la legitimidad de las sociedades abiertas de todo Occidente se encuentran en una profunda crisis de identidad. Se ven cuestionadas en sus fundamentos por la sustitución de la ciudadanía como presupuesto de la política democrática por multitudes digitales que allanan el camino hacia lo que Paul Virilio describió como “la política de lo peor”.

Todos estos factores son los que están contribuyendo a que emerja esa figura titánica que describíamos más arriba y que adopta el rostro de una dictadura tecnológica. Una especie de concentración soberana del poder material que descansa en la gestión de la revolución digital. Gestión que ofrece orden dentro del caos y seguridad en medio de la época de catástrofes que acompaña la mutación que estamos viviendo a velocidad de vértigo. El protagonista político del siglo XXI ya está con nosotros. Todavía no ejerce su autoridad de manera plena pero va haciéndose poco a poco irresistible. Acumula poder y crece en fuerza. Se insinúa bajo modelos distintos —China y Estados Unidos son los paradigmas—, que convergen alrededor de los vectores que impulsan su desarrollo: la inteligencia artificial (IA), los algoritmos, la robótica y los datos.

Avanzamos hacia una concentración del poder inédita en la historia. Una acumulación de energía decisoria que no necesita la violencia y la fuerza para imponerse, ni tampoco un relato de legitimidad para justificar su uso. Estamos ante un monopolio indiscutible de poder basado en una estructura de sistemas algorítmicos que instaura una administración matematizada del mundo. Hablamos de un fenómeno potencialmente totalitario que es la consecuencia del colapso de nuestra civilización democrática y liberal, así como del desbordamiento de nuestra subjetividad corpórea. Se basa esencialmente en una mutación antropológica que está alterando la identidad cognitiva y existencial de los seres humanos. La digitalización masiva de la experiencia humana, tanto a escala individual como colectiva, comienza a revestir el aspecto de una catástrofe “progresiva, evolutiva, que alcanza la Tierra entera”. (…)


El siglo XXI continúa su andadura bajo el presentimiento de que es inevitable la aparición de un Ciberleviatán. Sobre sus espaldas se entrevé cómo se ordenará la complejidad planetaria que sacude nuestras vidas y que libera oleadas de malestar e incertidumbres que amenazan las estructuras clásicas de un statu quo que se volatiliza por todas partes. Lo más probable es que el Ciberleviatán se instaure por aclamación, a la manera de la dictadura pensada por Carl Schmitt. Mediando un pacto fundacional sin debate ni conflicto, como el producto de una necesidad inevitable y querida si se quiere preservar la vida bajo la membrana de una civilización tecnológica de la que ya nadie puede desprenderse para vivir.

Autoría: José María Lassalle es ensayista y fue secretario de Estado de Cultura y Agenda Digital. Este texto es un extracto de su libro ‘Ciberleviatán, el colapso de la democracia liberal frente a la revolución digital’,


lunes, 13 de mayo de 2019

SEIS ACCIONES CONTRA EL CAMBIO CLIMÁTICO

¿Qué hábitos de vida podemos poner en marcha para combatir el calentamiento global? ¿Cómo evitar el cambio climático?
Obtenido en www.sostenibilidad.com 

El cambio climático es un hecho demostrado. El calentamiento global supone cambios graves en el planeta, como el aumento del nivel del mar, fenómenos atmosféricos extremos, deforestación, desaparición de especies… Pero como individuos podemos poner en marcha pequeñas acciones más sostenibles dentro de nuestra comunidad que ayuden a frenarlo y a cuidar el medio ambiente. ¿Cómo combatir el cambio climático? Te contamos qué hábitos de vida podemos poner en marcha para combatir el calentamiento global de manera local, con 6 sencillas acciones que pueden suponer grandes cambios para un desarrollo sostenible. Acciones para mitigar el cambio climático: 

1. Reduce emisiones. 
 Usa menos el coche privado, siempre que puedas, utiliza medios de transporte sostenibles, como la bicicleta, o usa más el transporte público. Ante largas distancias, lo más sostenible es el tren, por encima del avión, causante de gran parte de las emisiones de CO2 emitidas a la atmósfera. Si lo tuyo es el coche, recuerda que cada kilómetro que aumentas la velocidad, aumenta considerablemente el CO2 y el gasto. Según la CE, cada litro de combustible que consume el coche, supone unos 2,5 kilos de CO2 emitidos a la atmósfera. 

2. Ahorra energía. 
Fíjate en las etiquetas de los electrodomésticos, y no los dejes nunca en stand by. Ajusta siempre el termostato, tanto para la calefacción como para el aire acondicionado. Cuidando un poco el uso de los electrodomésticos en casa, podremos ahorrar energía y, como no, dinero a fin de mes. 

 3. Pon en práctica las 3 ‘R’ de la sostenibilidad.
 - Reduce: consume menos, de manera más eficiente. 
 - Reutiliza: aprovéchate de los mercados de segunda mano, para dar otra oportunidad a aquello que ya no usas o hacerte con algo que necesitas y que otra persona ha desechado. Ahorrarás dinero y conseguirás reducir el consumo. Practica también el intercambio. 
 - Recicla: envases, residuos electrónicos, etc. ¿Sabes que puedes ahorrar más de 730 kilos de CO2 al año sólo con reciclar la mitad de la basura que se genera en el hogar?

 4. ¿La dieta? Baja en carbono. 
Una dieta baja en carbono supone consumir de manera más inteligente: 
 - Reduce el consumo de carnes (la ganadería es uno de los mayores contaminantes de la atmósfera) y aumenta el de frutas, verduras y hortalizas. 
 - Todos los productos, de proximidad y de temporada: lee el etiquetado y consume aquellos que tengan un origen cercano, evitando las importaciones que suponen emisiones extra por el transporte. Consume también productos de temporada, para evitar otros modos de producción menos sostenibles. - Intenta consumir más productos bio, ya que en su producción se usan menos pesticidas y otros químicos. 
- Evita todo lo que puedas los embalajes excesivos y los alimentos procesados. 

 5. Actúa contra la pérdida de bosques.
 - En la medida en la que puedas, evita lo que provoque riesgos de incendio. 
- Si quieres comprar madera, apuesta por aquella con certificación o sello que asegure su origen sostenible. 
- ¡Planta un árbol! En toda su vida, puede absorber hasta una tonelada de CO2. 

6. Exige a los gobiernos. 
Exige que se tomen medidas hacia una vida más sostenible, mediante muchas acciones que están en su mano: promover las energías renovables, regular medidas como un correcto etiquetado de productos (método de pesca al consumir pescados, etiquetados que especifiquen origen de productos, si son o no transgénicos, etc.), promover un transporte público más sostenible, motivar el uso de la bicicleta y otros transportes no contaminantes en ciudad, gestionar correctamente los residuos al reciclar-reusar, etc.… La población tiene más fuerza de lo que cree, y exigir medidas a los gobiernos consigue una conciencia más global sobre el problema del calentamiento global. Piensa en global, y actúa en local. Tus acciones son necesarias en la lucha contra el cambio climático.

miércoles, 6 de marzo de 2019

ENTREVISTA SOBRE LOS GRANDES PELIGROS DE LAS REDES SOCIALES: EL "GRAN HERMANO" QUE NOS VIGILA.

Paloma Llaneza (Madrid, 1965) fue una de las primeras usuarias de Facebook. Pero esta abogada experta en protección de datos, al ver cómo funcionaba la red social y la información suya que recopilaba, borró su cuenta. El día que la compañía de Zuckerberg compró WhatsApp también desinstaló de su teléfono este servicio de mensajería instantánea. Y envió un mensaje a todos sus contactos: “Facebook ha comprado WhatsApp y lo ha comprado por los usuarios, lo ha comprado por vuestros datos. Yo me voy”.
“Los datos son valiosos porque dicen muchísimo de nosotros y somos votantes potenciales, compradores potenciales y peticionarios de servicios de transporte, salud, educación y crédito potenciales. El mundo gira alrededor de nuestras necesidades. Cuanto mejor te conozca a ti, mejor seré capaz de venderte lo que creo que necesitas, aunque tú no creas necesitarlo aún, y de negarte lo que pides”, explica en una entrevista a EL PAÍS. Llaneza, que también es auditora de sistemas y consultora en ciberseguridad, acaba de publicar Datanomics, un libro en el que explica qué hacen las empresas tecnológicas con nuestros datos personales.
El día que WhatsApp hable de todo lo que le hablamos se acaba el mundo
El coste de tener instaladas aplicaciones como Facebook, Whatsapp o Instagram “es muy alto”: “El día que WhatsApp hable de todo lo que le hablamos se acaba el mundo”. Los gigantes tecnológicos llegan a conocer al usuario mejor que unos padres, una pareja o incluso uno mismo. “Lo que más nos dice de un ser humano es aquello que oculta de sí mismo: su parte emocional. Las redes sociales permiten saber cuál es tu estado de ánimo en tiempo real, si estás sufriendo de amores o buscando medicación para los nervios, si tienes depresión, si abusas demasiado del alcohol, si sales mucho o si la música que escuchas indica una tendencia al suicidio o una melancolía transitoria que forma parte de tu carácter”, asegura la abogada.
Facebook analizó datos de más de seis millones de adolescentes australianos y neozelandeses para determinar su estado de ánimo y facilitar a los anunciantes información sobre los momentos en los que se sentían más vulnerables, según un documento de la compañía en Australia filtrado en 2017 por el periódico The Australian. Al saber cómo es una persona y cómo siente en cada instante, las empresas pueden venderle en el momento oportuno “cualquier cosa que emocionalmente necesite”: “Una idea, un pensamiento, un partido político, un modo de vida o incluso un sentimiento de superioridad nacional”. “Esto que es preocupante ha funcionado muy bien en el Brexit, en las elecciones de Trump y en alguna elección reciente en España”, afirma Llaneza.

Cómo evitar la recopilación de nuestros datos

Para evitar que las compañías tecnológicas recopilen datos sobre nosotros, Llaneza afirma que la única solución es borrar este tipo de aplicaciones: “No hay un consejo intermedio, da igual compartir más o menos publicaciones”. “La parametrización de privacidad que hace Facebook está pensada para terceros, pero Facebook lo ve todo y guarda hasta tus arrepentimientos, incluso ese correo que ibas a mandar poniendo a caer de un burro a alguien y que luego decidiste no hacerlo. Porque un arrepentimiento dice de ti mucho más que lo que mandas”, explica. Hacer un uso menos intensivo de estas aplicaciones no serviría, según Llaneza, ya que “tienen un montón de permisos para acceder a tu teléfono móvil”: “Incluso por cómo mueves el teléfono y tecleas, tienen una huella biométrica tuya que te identifica con un alto grado de probabilidad”.
Facebook lo ve todo y guarda hasta tus arrepentimientos, que dicen de ti mucho más que lo que mandas
Los dispositivos y las aplicaciones están pensados para ser “usables, molones y altamente adictivos”. El problema es que la percepción del riesgo entre los usuarios “es muy baja”: “Nadie es consciente de la cantidad brutal de información que da a un móvil incluso sin tocarlo”. “Tener un móvil o a Alexa encima de la mesa de tu casa te parece lo más normal y, sin embargo, no tendrías un señor sentado en el salón de tu casa todos los días observando cómo hablas o viendo como meriendas. Es mucho más peligroso tener a Alexa encima de la mesa que a ese señor, que tiene una memoria humana y se le va a olvidar la mitad de lo que oiga”, concluye Llaneza.

CÓMO SACAN LAS COMPAÑÍAS RENTABILIDAD A LOS DATOS

Las compañías sacan rentabilidad a los datos de sus usuarios “a base de vender la publicidad targetizada y de generar otros negocios alrededor de esa información”. Mientras que en Europa hay una regulación “más o menos estricta”, en EE UU “el hecho de que te caiga una pena más o menos grave, tengas acceso a distintas universidades o te denieguen un crédito, un seguro o un servicio médico dependerá de los datos tratados sobre ti”. ¿Por qué a pesar de no haber impagado nunca una deuda, te pueden denegar un crédito? “Porque los nuevos sistemas son predictivos y no analizan el pasado, sino que leen el futuro”, afirma Llaneza. Si un modelo predice por ejemplo que alguien tiene una alta probabilididad de divorciarse y su capacidad económica bajará, es posible que no se le conceda una hipoteca.
El uso de estos sistemas conlleva un riesgo, ya que los datos con los que los algoritmos son entrenados están condicionados por nuestros conocimientos y prejuicios. Además, las máquinas terminan siendo en ocasiones una caja negra que hace imposible entender qué camino ha seguido el modelo para llegar a una determinada conclusión: “Una de las grandes cuestiones que tenemos delante es la transparencia algorítmica. Usted ha tomado una decisión: ¿Por qué y cómo?”. “La propiedad de datos ya está regulada. Lo que ahora debemos regular es el control sobre el resultado del tratamiento sobre esos datos”, afirma la abogada.

FUENTE: Diario EL PAÍS                                                                       https://elpais.com/tecnologia/2019/02/21/actualidad/1550768323_045000.html

domingo, 23 de septiembre de 2018

SOBRE LA FALSA OPOSICIÓN ENTRE HUMANIDADES Y TECNOLOGÍA EN NUESTRO TIEMPO.

Muchos creen que Silicon Valley es un jardín amurallado lleno de desertores y desarrolladores de software, y que la tecnología es un monolito compuesto solo por informáticos. Aclamamos al ‘técnico’ mientras denigramos a aquellos con habilidades blandas. Los inversores a menudo bromean con que las artes liberales son inútiles. Pero tanto ellos como los periodistas pasan por alto la compleja realidad de la tecnología”, escribe el inversor Scott Hartley.
Lo sabe con conocimiento de causa, ya que ha pasado la mayor parte de su vida en el Valle del Silicio, y ha trabajado para compañías como Google o Facebook, y también como inversor. Pero Hartley, licenciado en Ciencias Políticas y experto en economía internacional y negocios, también ha pasado por el Centro Berkman de Harvard para Internet y la Sociedad, y formó parte del programa de Innovación Presidencial de la Casa Blanca.
Su visión y las personas que ha conocido a lo largo de su vida profesional le llevaron a escribir un libro para contar algo que a él le parece una obviedad pero que cree que se está pasando por alto: la “falsa oposición entre humanidades y tecnología”, y la necesidad de reivindicar las primeras como base esencial para el desarrollo tecnológico. Es lo que hace en The fuzzy and the techie, seleccionado como libro del mes por Financial Times en 2017. Le entrevistamos a nuestro paso por Nueva York (EE.UU) para hablar sobre algo más que sobre su libro.
Derribando mitos
“Al contrario de lo que la gente piensa, Silicon Valley es tan fuzzy como techie”, dice Hartley. Fuzzies es como se llama coloquialmente a los estudiantes de humanidades y ciencias sociales en la Universidad de Stanford (EE.UU), donde él estudió. Los techies son los alumnos de carreras STEM o CTIM (Ciencia, Tecnología, Ingeniería y Matemáticas). “Sin una mirada profunda que considere los problemas más profundos que afronta el mundo y sin curiosidad, la tecnología carece de aplicación; lo que esta promete es mejorar nuestra vida”, sostiene.
Asegura que los fuzzies no son solo líderes empresariales en ventas o marketing sino cofundadores de empresas tecnológicas, y quienes impulsan en ellas la innovación y lideran el desarrollo de productos. Y da algunos ejemplos: Susan Wojcicki, directora ejecutiva de YouTube, es historiadora. La exdirectora ejecutiva de Hewlett Packard, Carly Fiorina, estudió Historia Medieval. Sheryl Sandberg, directora operativa de Facebook, estudió Economía. Peter Thiel, cofundador de PayPal; Stewart Butterfield, cofundador de Flickr y Slack, y Reid Hoffman, cofundador de LinkedIn, se licenciaron en filosofía. Ben Silbermann, cofundador de Pinterest, estudió Ciencias Políticas, mientras que Parker Harris, cofundador de Salesforce, estudió Literatura Inglesa.
En cuanto a la ejemplos de aplicación de las humanidades en el desarrollo de tecnología, el autor cita a Melissa Cefkin, una antropóloga que trabaja para Nissan con la misión de establecer la forma en la que desarrollar sistemas de conducción autónoma socialmente aceptable, bajo la consideración de los vehículos autónomos como agentes interactivos en el mundo. O a Jessica Carbino, que ejerció como socióloga y analista de big data de Tinder, donde escudriñaba los miles de millones de vistas de perfil desde su perspectiva sociológica.
En ámbitos como la danza, Hartley destaca la aportación de la bailarina y coreógrafa Catie Cuan, que trabaja actualmente en el Laboratorio de Robótica, Automatización y Danza (RAD Lab) de la Universidad de Illinois Urbana-Champaign (EE.UU). También ha obtenido una residencia tanto en el programa TED de innovación como en el de ThoughtWorks Arts por su trabajo en la intersección entre robótica y danza, y pronto iniciará sus estudios de Ingeniería Mecánica en la Universidad de Stanford. Su misión: enseñar movimientos gráciles, elegantes, a los robots para facilitar la interacción con los humanos y generar confianza.
El inversor, nos obstante, cree que queda un largo camino por recorrer antes de que lograr desarrollar en los robots la capacidad de ser empáticos o de ejercer trabajos eminentemente humanos como los de los cuidadores. Sí defiende su utilidad actual en ciertos casos que implican tareas rutinarias que sí pueden automatizarse y complementar el trabajo de las personas.
Garantizar el trabajo
Hartley apunta otro motivo adicional por el cual, en medio de la supremacía tecnológica y de lo técnico, se debería poner el foco en las humanidades y en las ciencias sociales: “Las barreras de entrada para adquirir un dominio básico de las herramientas tecnológicas han bajado considerablemente gracias, entre otras cosas, a plataformas de educación online -en muchos casos gratuitas- como Coursera, Udacity o Codecademy”. El fundador de esta última, por cierto, estudió Ciencias Políticas.
Esta democratización del acceso a formación técnica junto con el desarrollo de máquinas capaces de programar por sí solas y desarrollar tecnologías inteligentes hace que expertos como Hartley planteen lo erróneo de pretender que todo el mundo se convierta en programador. La hipótesis es que la demanda de esta profesión -ahora en auge- podría caer considerablemente a medio o largo plazo, y serán las artes liberales las que garantizarán un trabajo, o una forma de ganarse la vida.
Por otra parte, se aprecia una necesidad creciente de perfiles relacionados con la filología y la lingüística o con la filosofía como parte de los equipos de desarrollo tecnológico. Por citar dos ejemplos claros: Amazon y Google, para cuyos desarrollos de asistentes basados en voz es imprescindible la comprensión y el análisis del lenguaje natural y del discurso, y su reproducción en la interacción humana.
Pero ese no es el único motivo. Lo que subyace aquí es la necesidad de contar con personas que hagan las preguntas adecuadas. “Nos movemos hacia un mundo en el que la sintaxis de los códigos se acerca al inglés, y el lenguaje de programación de mayor orden será algún día el lenguaje natural. Lo que esto significa es que necesitamos interrogadores inteligentes, personas que puedan estructurar el pensamiento”, sostiene Hartley. “Como dijo Voltaire: ‘Juzgue a un hombre por sus preguntas y no por sus respuestas’”.
Discriminación tecnológica
En cuanto a la necesidad de perfiles provenientes del mundo de la filosofía, Hartley subraya la importancia de este aspecto para dotar de ética a las máquinas y algoritmos que gobiernan e influyen directa e indirectamente en buena parte de nuestras vidas. Personas que se pregunten cómo de sesgada está la información que usan estos sistemas para obtener sus resultados e incluso para tomar decisiones. Que ayuden a dilucidar cómo atenuar el sesgo que a menudo pasa desapercibido.
“Consideramos que crear vehículos autoconducidos es un desafío técnico. Sin embargo, lo crucial son los aspectos éticos y morales de cómo circular e interactuar en uno de estos automóviles un entorno urbano y cuáles deben ser sus prioridades (a quién salvar en caso de accidente inevitable, por ejemplo). La situación se complica más aún, especialmente para los fabricantes, teniendo en cuenta que moral y ética están ligadas a la cultura, y son difícilmente universalizables. “Lo correcto en Nueva York y puede diferir mucho de lo correcto en Tokio, ¿cómo diablos codificas esas diferencias en la programación del automóvil?”, cuestiona el autor.
(Fuente: https://retina.elpais.com/retina/2018/09/21/tendencias/1537526154_676385.html?id_externo_rsoc=FB_CC )

lunes, 21 de mayo de 2018

REUNIÓN PARA ORIENTAR SOBRE SELECTIVIDAD

El alumnado que se vaya a presentar a Selectividad con la asignatura de HISTORIA DE LA FILOSOFÍA queda convocado a una reunión orientativa a la que se recomienda mucho su asistencia para el próximo JUEVES 31 DE MAYO A LAS 12.45 EN EL AULA 37 de nuestro centro.

sábado, 21 de abril de 2018

A PROPÓSITO DEL DÍA DEL LIBRO: EL VALOR DE LA LECTURA Y LA CULTURA EN NUESTRO TIEMPO (JESÚS QUINTERO)

A propósito del Día del Libro (23 de abril):
Jesús Quintero, con su peculiar estilo, valora la lectura, la cultura y el nivel cultural que se impone en nuestro tiempo.
Nos dice: "Nunca como ahora la gente había presumido de no haberse leído un puto libro en su jodida vida".

jueves, 29 de marzo de 2018

SOBRE REDES SOCIALES, USO DE DATOS PRIVADOS Y POTENCIALES PELIGROS.

FACEBOOK


Puedo equivocarme, pero no veo más que hipocresía en el escándalo que se generó en torno a Facebook y Cambridge Analytica por la utilización de datos personales de 50 millones de fulanos para diseñar, entre otras cosas, estrategias de atracción de votos. Medio planeta sube a la web, desde hace tiempo, datos de su intimidad más dura y deja allí un largo rastro de pornografía cotidiana. Se puede elegir creer en cualquier cosa —en Buda o en la Bolsa de Nueva York— pero, más que fe, hay que tener candidez o ceguera para mantenerse en la ilusión de que ese material jamás será utilizado por nadie. Aun quienes no usamos redes sociales dejamos rastros en la web que vuelven bajo la forma de sospechosas publicidades dirigidas y ofertas de hoteles en Wichita sólo por hacer una búsqueda en Google Maps. Creer que podemos volcar en las redes un vómito aluvional de información privada, y que nadie hará nada con eso en su beneficio, es como creer que se puede criar a una pantera en un armario. Una red social que se alimenta como un vampiro de la intimidad de las personas no es una organización filantrópica, y este escándalo no parece más que una prueba concreta de algo que era obvio: nos miran, nos espían, nos evalúan, y lo hacen con nuestra colaboración —porque les proveemos los datos—, pero elegimos pensar que no lo hacen con nuestra anuencia. Leí en este periódico que el fundador de Facebook, Mark Zuckerberg, comentó, cuando aún estaba en Harvard, que le sorprendía “que la gente compartiese con él tantos datos con sólo poner un formulario y pedir que lo rellenase para entrar en su invento”. Recordé entonces un tuit que encontré hace tiempo: “Están reventando la intimidad para que se vuelva un lujo y haya que comprarla”. Ese es el negocio del futuro: vender privacidad a quien pueda pagar por ella. Serán muy pocos.

Fuente: Leila Guerrero ( https://elpais.com/elpais/2018/03/26/opinion/1522085125_187439.html )
También se recomienda  especialmente la entrevista: https://elpais.com/internacional/2018/03/26/actualidad/1522058765_703094.amp.html

domingo, 4 de marzo de 2018

OPINOCRACIA

La razón es fundamental para entender y entendernos. De ahí su importancia para la ciencia y la vida moral y política. Razonar o dialogar (dialogar significa discurrir con razones) es imprescindible para articular una sociedad abierta y plural, conciliando intereses y opiniones y tomando –entre todos– decisiones justas y convincentes. Sin ciudadanos racionalmente competentes no hay democracia, hay –como dijo alguien– «opinocracia».

La opinocracia es el régimen en que todos se creen con derecho a tener razón, sin considerar que tal derecho (como el que se tiene a emitir sentencias o recetar pastillas) va ligado al conocimiento y la responsabilidad para ejercerlo. Este moderno prurito anti-intelectualista (según el cual tener razón es como tener pelo o bazo –no hace falta hacer nada–) le viene de perlas al poder. Cuanto más ignorante de su ignorancia sea la gente más manipulable es. Tal vez por eso no interesa que el sistema educativo garantice la formación ética y filosófica, esto es, aquella que enseña a usar correctamente la razón en (entre otras cosas) asuntos morales y políticos. Sin esa formación el debate público se vuelve estéril (aunque entretenido), algo muy conveniente para democracias que lo son solo de boquilla.

Una prueba del ínfimo nivel argumentativo del debate (sea en los medios o en ese nuevo y extraño conato de sociedad civil que son las redes) es la abundancia de pseudoargumentos y falacias que se dan en él. Como la falacia «ad hominem». Ya saben, aquella por la que en vez de atender a los argumentos descalificamos a la persona que los esgrime. «¿Cómo va a tener razón fulanito, si es tal o cual?, ¿cómo vamos a leerle si es del partido X, o escribe en el periódico. Y, o es lesbiana, o del OPUS, o...?». Una variante rabiosamente actual de esta falacia es aquella por la que se prejuzga el argumento en función del género de quien lo sostiene. De toda la vida se ha cometido con las mujeres («¿qué va a decir, si es una mujer?»), y ahora cierto feminismo se toma la revancha: «¿qué va a decir, si es un varón y lo que realmente quiere es imponer su opinión (y, encima, con ese engendro del patriarcado que es la razón –dice, en un remedo de razonamiento, el feminismo más postmoderno–)?».

Otra falacia epidémica es una versión común del «hombre de paja». Consiste en ojear noticias, artículos o lo que sea sin profundizar ni analizar nada, sino leyendo lo que uno quiere leer para despacharse a gusto... Hace unos días escribí que «el feminismo, como ideología y movimiento político, podía ser reivindicado y liderado por cualquiera con competencia para ello (fuese varón o mujer)». Pero muchos eligieron leer que «el feminismo tenía que ser liderado por hombres, apartando a las mujeres, incapaces como son, de dicha tarea». Nadie dijo eso. Pero daba igual, porque el objetivo no era dialogar, sino exhibir y corroborar (hasta el éxtasis) las propias opiniones...

Podríamos citar otras muchas falacias frecuentes. Como aquella de «mira que te estamos diciendo todos que no es como tú dices (y tú como si nada)», una castiza mezcla de falacia «ad populum» («Lo dicen todos, luego debe ser verdad») y un maternal «ad baculum» («¡Mira que te lo estoy diciendo, eh!»). O esa otra –tremenda y más peligrosa– de «no, no tengo argumentos, pero me da igual, porque yo lo siento así, y punto». ¿Se imaginan que su vida dependiera de un fanático inmune a los argumentos? Pues así de aterrado e impotente me siento yo cuando me sueltan esa falaz apelación al corazón (es decir, a las vísceras).

Aprender a razonar no es cosa de un día. Ni basta con estudiar filosofía o retórica. Hace falta, además, mucha práctica. Y no dejar pasar ni una. Algo nada fácil. No sé quien dijo que en este país cuando alguien dice «yo opino» lo importante es el «yo», y no el «opino», de manera que quien cuestiona lo que opina fulanito está cuestionando... ¡A fulanito mismo! De ahí que fulanito se aplique obstinadamente a defender su honor y se olvide por completo del objetivo del diálogo: buscar, como decía Machado, la verdad juntos. Persistamos en esa búsqueda. La razón y el bien común –la democracia misma– así lo exigen.

(Fuente: Víctor Bermúdez, en http://www.elperiodicoextremadura.com/noticias/opinion/opinocracia_1074869.html)