sábado, 7 de febrero de 2009

COMPARACIÓN DE LA TEORÍA POLÍTICA DE PLATÓN Y MARX




COMPARACIÓN DE LA TEORÍA POLÍTICA Y DE LA SOCIEDAD DE PLATÓN Y MARX

El pensamiento de un filósofo es fiel reflejo de la sociedad en que vive, ya sea para legitimarla o para criticarla. Por eso puede extrañar que decida relacionar el pensamiento de dos filósofos tan alejados en el tiempo, lo que nos puede llevar a pensar que con pensamientos tan diferentes entre sí. Sin embargo, entre Platón (s. V-IV a. C.) y Marx (s. XIX), aunque no es sólo la época en que viven lo que les distancia, tampoco es poco lo que les asemeja: para empezar, ambos pensadores son profundamente críticos con la sociedad en que les tocó vivir. También ambos coincidieron en implicarse no sólo teóricamente sino también en la práctica, en las reformas políticas de su tiempo: en el caso de Platón intentando hacer realidad su proyecto político como consejero del rey de Siracusa y en el caso de Marx, compatibilizando sus investigaciones teóricas con la actividad revolucionaria (fundando la Liga de los Comunistas o la Iª Internacional del movimiento obrero, por ejemplo).

Es verdad que en el mundo griego en que vio la luz la obra de Platón ni el mayor de los creadores de ciencia ficción podría imaginar un nivel de industrialización tal como el que será detonante del pensamiento de Marx. Sin embargo, a pesar de las notables diferencias contextuales, ambos autores tienen en común proponer un pensamiento político que promueve una utopía ética del Estado Justo, es decir, aunque con diferencias de planteamientos y formas, ambos coinciden en que su proyecto filosófico fundamental consiste en organizar la sociedad para que reine la justicia. Se trata, evidentemente, de dos concepciones notablemente diferentes de la justicia, como aclararé más adelante.

Empecemos por el principio. Platón, influido por su maestro Sócrates, intenta explicar la realidad recurriendo a su original "Teoría de las Ideas", es decir, su explicación de la realidad parte de las esencias inalterables y eternas (Mundo de las Ideas) que son imitadas de forma imperfecta por las cosas concretas, cambiantes y sensibles (Mundo sensible), siendo estas últimas menospreciadas, defendiendo, de este modo, una teoría idealista. Considera, por tanto, las Ideas como principio del ser y del conocer, considerándolas la auténtica realidad. Marx, por su parte, de forma totalmente antagónica, elabora una teoría materialista, tachando a las filosofías idealistas, como la platónica, de abstractas e irreales. Él defiende una teoría que parte de lo concreto, es decir, de las necesidades materiales del hombre real y huye de abstracciones idealistas. Marx pretende hacer ciencia basándose en hechos concretos. En cambio, Platón se basa en las Ideas, imperceptibles a los sentidos, pero auténtica realidad accesible desde la razón y, por tanto, cognoscibles desde la ciencia (episteme) o saber universal.

En el caso de los conceptos ético-políticos, Platón atribuyó a tales conceptos el estatuto de Ideas, es decir, las acciones justas que realizamos participan de la idea de Justicia, los buenos consejos imitan la idea de Bondad, etc., considerando a tales Ideas como la realidad perfecta, el modelo excelso y perenne a seguir accesible desde la razón. Marx, por su parte, piensa que la justicia, la bondad, la virtud, etc. son conceptos ideológicos, es decir, deformaciones de la realidad puestas al servicio de los intereses de la clase social dominante. En el caso de la época de Marx tales conceptos, a su juicio, no serían más que manipulaciones de los capitalistas para legitimar su explotación de las clases menos favorecidas. Situación esta contra la que arremete Marx. Esto nos permite comparar el falseamiento de la realidad característico de las ideologías (Marx) con las sombras del “mito de la caverna” platónico, que también lleva a confundir lo real con lo falso a todos, salvo al prisionero que se libera de las cadenas (filósofo) para ascender lentamente hacia el conocimiento verdadero, lo que logra, finalmente, al salir fuera de la caverna (que representa el Mundo de las Ideas), según nos relata el mito. Esto nos permite diferenciar, a su vez, la labor del filósofo para Platón y para Marx. Mientras que para el primero, el filósofo debe teorizar para buscar la Verdad (Ideas/conocimiento/ciencia) y la Felicidad (sólo es posible lograrla en una sociedad donde reine la Justicia, de ahí la importancia de la política), para el segundo la labor fundamental de filósofo consiste en transformar la realidad –no interpretarla falsamente como se ha hecho en el pasado, especialmente por los idealistas- para traer la felicidad a la Tierra para todos en condiciones de igualdad (ideal de la sociedad comunista). Resulta curioso observar cómo a pesar de las grandes diferencias de época, planteamientos y propuestas, ambos consideran la labor política, -aunque uno se centre más en los planteamientos teóricos (Platón) y el otro en la praxis (Marx), revolucionaria si hace falta- fundamental para lograr la felicidad humana. Sin la política adecuada que organice y/o transforme la sociedad de modo justo no es posible ser feliz. Son dos propuestas, por tanto, que se enfrentan al individualismo característico del liberalismo, ya que la propia felicidad depende del orden justo de toda la sociedad en que se vive. El individuo, por tanto, no puede vivir al margen de la comunidad.

A pesar de lo mencionado anteriormente, dado que Platón hace coincidir el conocimiento teórico y práctico, otorga al filósofo-sabio una función fundamental en la sociedad. Así, Platón divide la sociedad en tres grupos sociales: el primero, y jerárquicamente superior, es el grupo de los filósofos-sabios cuya función principal es gobernar (“corresponde a la razón gobernar”, decía Platón). Se trataría, según su propuesta, de una aristocracia del conocimiento; a continuación estaba el grupo de los guardianes, que se encargaban de la protección de la sociedad; y, finalmente, un grupo inferior que está formado por los productores (pueblo) que se encargan de proveer a todos de bienes materiales para sobrevivir. Tal división se fundamenta en la naturaleza, carácter y, en base a ello, preparación de cada uno, que nos hace aptos para realizar una tarea concreta y no otra. Platón parte de la idea de que los individuos no son iguales por naturaleza y, por tanto, deben cumplir diferentes funciones en la sociedad. De este modo, Platón legitima una sociedad donde reine la desigualdad, pero donde cada grupo social ha de cumplir con su función como parte de un todo. La propuesta filosófica de Marx, en cambio, lucha contra la desigualdad que ha prevalecido en las diferentes etapas de la historia de la humanidad y, especialmente, en la sociedad burguesa. Por eso, frente a la explotación del hombre por el propio hombre, Marx apuesta por la igualdad, como ideal de justicia. Marx, asegura que tenemos diferentes cualidades pero todos somos esencialmente iguales y la sociedad debe organizarse teniendo como base esa igualdad. Rechaza, por tanto, la existencia de grupos o clases sociales, porque esto históricamente ha generado la división entre explotadores y explotados y la consiguiente lucha de clases. También rechaza Marx la división entre trabajos intelectuales y manuales, por considerar que son el origen de los falseamientos ideológicos de la realidad. Platón, sin embargo, disiente notablemente de esta idea considerando que los más sabios han de dedicarse al trabajo intelectual y los menos aptos se dedicaran a las labores manuales. Platón afirma la desigualdad. Marx, sin embargo, pretende instaurar la felicidad en la tierra para todos, en condiciones de igualdad porque en la sociedad que él consideraba ideal llegaría el momento de que todos los ciudadanos gozaran de una abundancia de riqueza.

Marx, que considera que el motor de la Historia es la lucha de clases, divide la sociedad capitalista en dos clases enfrentadas, con intereses antagónicos: los explotadores capitalistas, dueños de los medios de producción y los explotados o proletarios. Las actividades de ambos son al igual que su posición, distintas. Tal desigualdad en el trabajo realizado y en el acceso a las propiedades y riquezas es valorado muy negativamente por Marx. La sociedad ideal de Platón, sin embargo, es estructuralmente desigual. A seres de diferente naturaleza les corresponden diferentes funciones sociales, siendo todas necesarias, de igual manera que en un cuerpo la mano necesita del cerebro y viceversa, pero no siendo todos iguales (siguiendo con el símil: una mano se puede implantar, pero un cerebro, no). Por tanto, para que se logre la justicia cada grupo social ha de cumplir con su función propia, evitando el desorden.

Aunque Platón afirme la desigualdad, su modelo de sociedad se caracteriza por ser una aristocracia del conocimiento (la razón debe gobernar), que no debe confundirse con una aristocracia de títulos nobiliarios o poder despótico o acaparación de propiedades y riquezas en manos de los poderosos. De hecho, algo en lo que llama la atención la coincidencia entre Marx y Platón, teniendo en cuenta las distintas épocas en las que viven y sus diferentes concepciones antropológicas y de la sociedad, es en la supresión de la propiedad privada, aunque en el caso de Platón fuese una medida que sólo afectaría a unas determinadas clases -gobernantes y guardianes-, curiosamente, los que tienen poder, para evitar que el egoísmo se apodere de ellos y confundan lo que es de todos con lo suyo. Se trata, por tanto, de una medida que trata de evitar la corrupción política. Marx, por su parte, adopta una posición más radical asegurando que los medios de producción deben ser propiedad colectiva, para evitar la explotación de unos hombres por otros.

Actualidad y valoración de Marx.

El modelo social y de justicia que triunfa en la actualidad es el neoliberalismo, que intenta legitimar profundas desigualdades entre unos seres humanos y otros, desde su defensa a ultranza de la iniciativa individual y de la propiedad privada. Marx es bien conocido por su crítica radical a la concepción liberal del mundo, sobre todo en las esferas económica y ético-política. Sin embargo, hoy, el fin de los regímenes socialistas de inspiración marxiana (Unión Soviética y países satélites), se ve como un triunfo del liberalismo y de la sociedad de consumo y de mercado que éste ha generado. Pero, aún así, si no limita su acción depredadora y de mercantilizarlo todo… el liberalismo puede morir de éxito.

Por otra parte, las reivindicaciones proletarias que hunden sus raíces en el pensamiento marxista han conseguido que los Estados liberales hoy, en mayor o menor grado, reconozcan derechos laborales y sociales a los trabajadores… (si no son inmigrantes indocumentados… que parece que no son dignos de que se les reconozcan numerosos derechos humanos, si nos fijamos en el trato que con frecuencia reciben). Si reparamos en la segunda generación de los derechos humanos, reflejada en la Declaración Universal de Derechos Humanos, imprescindible para poder ser realmente autónomos o libres, encontramos los derechos económicos, sociales y culturales (derecho a un empleo, a un salario justo, a una vivienda digna,…), los que reclaman una igualdad en el disfrute de los bienes. Reflejan las reivindicaciones y los objetivos de las luchas del movimiento obrero, y requieren una política activa de los poderes públicos encaminada a garantizar su disfrute. Sin duda, estos derechos tienen entre sus más claras fuentes de inspiración el pensamiento de Marx. El camino para lograr su cumplimiento real parece largo, pero su presencia como ideal a realizar es muy actual.

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